Alvaro Pachec

La mascara de Ransah

En la forma de sueños recurrentes vienen a mí, horribles visiones que me envuelven entre las sábanas y me causan una maraña de angustia y gritos ahogados, pues aún en el mundo del reposo tengo bien presente que la máscara de Ransah y las cosas que vi a través de ella no fueron una simple creación de mi mente.
Como olvidar aquellas tardes de ajetreo en los mercados de Sayan, con el bullicio de los mercaderes y la curiosidad de los transeúntes. En aquellos días, no era más que un ex sacerdote caído en desgracia, con ideas desequilibradas y una fuerte adicción a las hierbas. Así pues no mostré sospecha alguna ni cuestioné el porqué de un regalo que un misterioso mercader ambulante, cuyo rostro estaba cubierto con una mascara blanca, me hizo sin venir a cuento, en un día más de aquellos calurosos en demasía. Con alegría fue que respondí a la sonrisa que engatuso mis sentidos y sostuve en mis manos el extraño objeto que me devolvió una mirada vacía. Hacia tanto que había perdido la fe, que vivía una vida sin consecuencias mas que el castigo de los hombres.
Antes de perderse entre la multitud, el hombre a quien debo tantas noches de insomnio, envuelto con una capa negra, me dijo el nombre de la máscara cuya faz representaba el rostro de una anciana llena de escamas. También me explicó, con unos ojos cargados de pragmatismo, el origen de tal singular pieza. Según él, se remontaba al tiempo anterior a la Ascensión, cuando falsos dioses eran objeto de adoración, cuyos nombres ahora han quedado en el olvido.
Cansado y sediento, acepté las palabras sin darles mucha importancia y mantuve la mirada fija en el aciago regalo, hasta que fui consciente de que el mercader de pelo blanco había desaparecido. Una vez que la noche hubo llegado, me dirigí hacia mi humilde morada con la máscara en mano, no sin antes revender la mercancía de pieles y garras que había adquirido de un grupo de cazadores.
Bajo el cobijo del techo que me protegía de la oscuridad de la noche, contemple con ojos fascinados y durante un tiempo indeterminado, la máscara otrora fin de rituales y sacrificios. Si bien no tenía familia ni amigos cercanos en ese entonces como hasta ahora, me desviví en esfuerzos por ocultar el objeto con recelo, pues lo sentía solo mío y así deseaba conservarlo durante mucho tiempo. No obstante, me abstuve de ver a través de aquellas cuencas vacías por el simple acopio de unas corazonadas que me advertían un peligro implícito. Maldito fue el día en que la curiosidad y el aburrimiento pudieron más que la prudencia y la cordura, y maldito el objeto que cubrió mi rostro, el cual nunca más fue el mismo.
Decir que nada cambio no sería otra cosa que una falacia, pues nada era igual y a la vez todo seguía igual que siempre. Con la mirada de Ransah la vida de un simple adicto paso a ser más intrincada que la de la mismísimo Princesa Ishara. Atestigüe eventos del pasado y del futuro con la facilidad de tan solo desearlo, aunque de por medio deje el presente en el olvido. Si tan solo pudiera expresar con palabras todas las cosas que he visto. Ni siquiera entre los castigos que la Orden guarda para los blasfemos se encuentran destinos tan trágicos como los que mis ojos atestiguaron. Aun puedo recordar la imagen de una aldea aislada de calles vacías, en cuyas casas se amontonaban pilas de cadáveres pudriéndose en un festín de gusanos. También tengo recuerdos borrosos de un campo de batalla interminable y los gritos de algunos sobrevivientes mutilados, mientras el cielo se teñía de un rojo como el de la sangre. Pero todo esto no es nada en comparación con las otras cosas que he visto y que no puedo explicar ni me atrevo por miedo a recaer en una peligrosa fiebre acompañada de diarreas y vómitos.
Aunque resulte difícil de creer para la comprensión de cualquiera, el uso de la máscara se convirtió en objeto de mis pensamientos a lo largo de los años. A pesar de las pesadillas que conllevaba y del terror que me causaba, cada vez la portaba con más ímpetu, pues el corazón de un hombre puede encontrar deleite en las cosas más siniestras.
Es sino ahora que comprendo el extraño poder que la reliquia puede ejercer en su portador, hasta hacerlo esclavo de sus oscuros secretos, de la forma que hizo conmigo, alejándome de cualquier contacto con la tranquilidad, hasta postrarme en una cama que apesta con mis propios fluidos. Sin embargo, ahora que me encuentro en esta aborrecible situación es cuando más deseo poder usarla de nuevo.
Tiempo atrás, cuando me encontraba navegando en una ventisca de imágenes y pesadillas, un ruido se hizo audible en mi puerta. Extrañado por aquel golpe seco me quite la máscara y la guarde en el recoveco que había seleccionado como escondite. Grande fue mi sorpresa al ver al mercader que antaño tuvo la osadía de entregármela. Seguía vistiendo completamente de blanco, aunque su máscara había cambiado, mas no de color. Sin mediar palabra, me encontré a mí mismo entregándole mi tesoro sin tapujos y cerrando la puerta con el temblar de mis delgados dedos. Es poco lo que recuerdo después de aquello. Mis días de pobreza llegaron a su culmen, y me encontré convertido en un vagabundo.
Ante la evidente desnutrición de mi cuerpo y mi nula capacidad para ponerme en pie por cuenta propia, un viejo sacerdote al cual tuve la fortuna de ayudar en una ocasión que ya no recuerdo, en un tiempo anterior al obsequio que devolví, vio conveniente alojarme en su albergue sin costo alguno cuando un día me encontró tendido en la calle. Y así es como he pasado mis días desde entonces, entre pesadillas y alucinaciones, y deseos por alimentar mi hambre de violencia. De cualquier forma, sé que mi fin está cerca, puedo sentirlo en lo más profundo de mis venas, como el caos que acontecerá en los días venideros. Por desgracia no estaré aquí para verlos.

Este es un relato original de Alvaro Pachec, ambientado en el universo de Ruin y Divino. Todos los derechos reservados.

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